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dilluns, 26 de març del 2012


"Aunque los reformistas de Wittenberg no respondieron a todas sus preguntas, al menos le permitieron plantearlas. A partir de ese momento, Bernd llevó dos vidas: una oficial, estudiando teología en Colonia, y otra clandestina, frecuentando en secreto las aulas de los luteranos. Fue en Wittenberg donde nació su afición al nuevo invento de la imprenta. Lo primero que descubrió fue el olor. Le encantaba entrar en los talleres y notar el profundo aroma a tinta y papel. Luego empezó a hablar con los operarios. Aprendió la técnica y los entresijos de cada tarea. Se interesó en especial por el diseño y grabado de las letras. En algo tenía que notarse que era hijo de un orfebre. Mientras estudiaba consiguió trabajo como corrector en un taller de Colonia. Su cometido no consistía solo en descubrir erratas, sino también en corregir imprecisiones de contenido y en proponer enfoques distintos a los del manuscrito que se iba a imprimir. Y aprovechaba los ratos muertos para dibujar con un lápiz de punta de plomo letras fantásticas [...] Mantuvo con habilidad su doble vida, y al final de sus estudios regresó a Münster convertido en sacerdote, pero con el propósito de combatir las mentiras católicas." (fragment pàg. 26-28)


dijous, 13 d’octubre del 2011

HISTÒRIES...


"... Es cierto que todo aquello podía ser un cuento, palabras, pero es que si nos ponemos así, no hacemos nada en la vida; siempre nos sucederá lo mismo; que lo único que tenemos son palabras. Por eso es tan difícil averiguar la verdad algunas veces. No es que yo sea nihilista, nada de eso: me limito a constatar un hecho. Lo único que dejamos las personas cuando nos esfumamos es un puñado de palabras. Pero una cosa son las palabras y otra muy distinta la verdad. Algunas veces coinciden y otras no. Las palabras están ahí, las podemos leer y escuchar, aunque muchas veces tampoco sepamos qué significan exactamente; pero la verdad es muy difícil señalarla con el dedo. Lo cual, para mí, dicho sea de paso, tampoco es muy grave; al fin y al cabo nos pasamos la vida buscando personas que no existen, lugares y estados mentales imaginarios que nos han dicho que son reales, pero que jamás hemos experimentado por nosotros mismos. Fíjese, mucha gente se muda de ciudad y de pareja mil veces y a continuación otras mil, y en ninguno de esos cambios encuentra el estado literario de la felicidad, sino que topa siempre con su propia melancolía. Así es que, como comprenderá, no me asustaba pasarme dos o tres días buscando la casa inexistente de Amelia Urales de Úbeda. Pero el caso es que sí existía [...] Tenía los postigos echados, parecía deshabitada y sobre todo parecía milagroso que hubiera sobrevivido entre los modernos bloques de pisos. Todavía está en pie, si quiere verla, en la calle Martínez Izquierdo, en el número veintiuno, creo, no me invento nada. Yo había pasado por allí en varias ocasiones y no había reparado jamás en ella; era como si hubiese aparecido de repente, por arte de magia. Abrí la cancela, que estaba comida por la herrumbre; atravesé el patio, que había sido conquistado por toda clase de hierbas silvestres, y llamé a la puerta. Tras un largo intervalo de tiempo, en el que estuve a punto de marcharme, pensando que no había nadie, me abrieron y en el umbral apareció..."
(fragment pàg. 37-39)



dilluns, 6 de juny del 2011

SEGUINT LA SUGGERÈNCIA D'UN AMIC...


"Lo que hubo en l
a década de los ochenta del siglo pasado fue una inversión de valores que nos pilló a contrapié. Filología Hispánica, las Humanidades en general, que todavía resultaban apetecibles cuando empezamos a estudiar, dejaron de ser sexys en menos de cinco años, antes de que termináramos la carrera.
En realidad el mundo había empezado a cambiar mucho antes. Antes incluso de que entráramos en la universidad. Pero no nos dimos cuenta. No lo advertimos por ceguera y sobre todo por soberbia: nos sentíamos cómodamente instalados en un saber que no había sido cuestionado en cinco siglos y que iba a seguir vigente, estábamos seguros, al menos otros cinco siglos más. Yo, por ejemplo, quise estudiar literatura porque creía que las Humanidades seguían estando en el centro del conocimiento [...] En menos de cinco años el estudio de la literatura, esa tarea a la que habíamos consagrado nuestros años universitarios, pasó de ser una prestigiosa ocupación cuya utilidad nadie cuestionaba a considerarse una disciplina inútil que sólo conducía a la fustración y al paro. Cuando terminamos la carrera comprendimos que estábamos al margen [...] Cifuentes y yo decidimos prolongar nuestra vida de estudiantes con tesinas. Cifuentes lo hizo sobre El paraíso y la serpiente, de José María Pemán; y yo sobre cartas de batalla del siglo XV, unos textos tan curiosos de leer como inútiles de estudiar [...] Durante los dos años siguientes al final de la carrera me sepulté en la Biblioteca Nacional. Pasaba más tiempo allí que en mi casa. Llegaba por la mañana temprano a la Sala de Manuscritos y Raros, pedía el Reservado 27 y durante ocho horas diarias copiaba en un cuadernito escolar cartas que luego pasaba a limpio en casa con una Olivetti." (fragment pàg. 111-112) (més)