Las rosas de papel no son verdad y queman lo mismo que una frente pensativa o el tacto de una lámina de hielo. Las rosas de papel son, en verdad, demasiado encendidas para el pecho.
En el nombre de hoy, veintiséis de abril y mil novecientos cincuenta y nueve, domingo de nubes con sol, a las tres -según sentencia del tiempo- de la tarde en que doy principio a este ejercicio en pronombre primero del singular, indicativo,
y asimismo en el nombre del pájaro y de la espuma del almendro, del mundo, en fin, que habitamos, voy a deciros lo que entiendo. Pero antes de ir adelante desde esta página quiero enviar un saludo a mis padres, que no me estarán leyendo.
Para ti, que no te nombro, amor mío -y ahora hablo en serio-, para ti, sol de los días y noches, maravilloso gran premio de mi vida, de toda la vida, qué puedo decir, ni qué quieres que escriba a la puerta de estos versos?
Finalmente a los amigos, compañeros de viaje, y sobre todos ellos a vosotros, Carlos, Ángel, Alfonso y Pepe, Gabriel y Gabriel, Pepe (Caballero) y a mi sobrino Miguel, Joseagustín y Blas de Otero,
a vosotros pecadores como yo, que me avergüenzo de los palos que no me han dado, señoritos de nacimiento por mala conciencia escritores de poesía social, dedico también un recuerdo, y a la afición en general.
El cielo que hace hoy, hermoso como el río y rumoroso como él, despacio va sobre las aguas que ennoblece el tiempo y lentas como el cielo que reflejan. En ésta ciudad. Somos tú y yo. Calle por calle vamos hasta el cielo. Toca -para creer- la piedra mansa, la paciencia del pretil.