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dimarts, 6 de novembre del 2012


"Era temprano, y para hacer tiempo dio un rodeo por el Retiro y estuvo un rato apoyado en la baranda del estanque, mirando los peces, el agua tiritando de frío, el vago contorno de los sauces al otro lado de la orilla, la sustancia invisible del aire. Era para estar triste. Tenía treinta y dos años y allí estaba, sin trabajo, sin amigos ni amores, sin ilusiones, viendo sin ver, pensando sin pensar, en la misma rutina de siempre [...] Era un día nublado ya casi de otoño y vestía un traje gris de franela, el único que tenía, y que reservaba para estas ocasiones. La mirada muerta registraba el mero acontecer de las cosas, los senderos solitarios, las hojas marchitas o caídas, el pájaro, la nube, la tierra fresca por donde iban avanzando sin fe sus pasos solitarios. "A ver si te admiten en el hotel y asientas de una vez por todas la cabeza", le dijo la madre mientras le cepillaba el traje y le estiraba las arrugas. Y el padre: "Y no te olvides de hablar de todos los trabajos que has tenido, que todo eso es también experiencia". Y era verdad. ¡Qué de trabajos había tenido en tan poco tiempo!
Ese era el panorama de su vida cuando pasó por el Retiro aquel día de otoño para acudir una vez más a una entrevista de trabajo.
Y ahora, lo que son las cosas, por un golpe de intuición, solo por eso, se había obsesionado con conseguir un puesto de recepcionista en un hotel y acabar así con su errática vida laboral. Era absurdo, pura superstición, pero algo le decía que esta vez el destino estaba de su parte, que como los pueblos antiguos, tras tocar el fondo de la decadencia, tendría que haber por fuerza un renacer, el comienzo de una época de esplendor." (fragment 98-99)




diumenge, 17 de juliol del 2011


Manuel se sentía de pronto solidario con don Quijote, que es el primero que entra en el laberinto de papel y hace de él su casa natural. Y del mismo modo que don Quijote aprende a actuar en los libros, Manuel aprendía también a enamorarse en los libros. Los libros lo habían enseñado a ritualizar el amor, y ciertos idilios de su adolescencia, o de su madurez, no hubieran sido posibles sin Bécquer o Neruda. En cuestiones sentimentales, ellos fueron para él lo que el Amadis fue para don Quijote o El capital para algunos marxistas. Y es que muchas de las experiencias fundamentales del hombre moderno proceden inevitablemente de los libros. Y esto ocurre aun entre gente que apenas ha tratado con ellos, porque los libros flotan en el aire y se incorporan al sentir general, y forman parte de nuestro carácter y saber más de lo que creemos. Como alguien dijo, no recuerdo quién, los libros son como el oxígeno. podremos ignorar lo que es, e incluso que existe, pero lo respiramos. Y lo mismo la filosofía: podremos no haber leído a Platón, a Kant o a Marx, pero sus ideas nos llegan del ambiente, están en el aire, en el propio lenguaje, habitan parasitariamente en la memoria colectiva, es un saber difuso, al que nadie escapa. Por eso a veces leemos un libro y descubrimos con placer y sorpresa que, confusamente, lo que allí se dice ya lo sabíamos nosotros, aunque desconocemos de dónde nos llegó [...] Y ahora Manuel recuerda que, cuando su abuela le contaba los cuentos, él la interrumpía a veces para preguntarle detalles no previstos en el relato. ¿Y Juan Soldado fue también a la escuela como yo? ¿Y qué hace ahora que es viejo? Y la obligaba a dar saltos en el tiempo y a contar como Faulkner. Y la obligaba a explorar las sensaciones más sutiles de la memoria y la conciencia, como si fuese Proust. A veces Manuel piensa que entre su abuela y él, años antes de Tiempo de silencio y de Benet y de Juan Goytisolo, renovaron a su modo la narrativa española.
Y es que los dos vivían ya entonces, sin saberlo, dentro del laberinto de papel."
(fragment pàg. 66-68)