dijous, 18 de juliol de 2013


"Una carta, al fin. Noticias de otro mundo, el mundo de las editoriales, de quienes podían ayudarla. Después de leer la carta varias veces, algunas frases se le clavaron en la cabeza. Le proporcionaban una satisfacción indescriptible, de una naturaleza nueva. "Como usted se dedica a escribir", decía esa mujer desconocida, y con esas palabras tan sencillas, Heminia era proclamada escritora. Jamás había sido tratada así, con aquel respeto y ese reconocimiento de lo que íntimamente era. Cuando, hacía años, se había ganado la admiración del pueblo por sus versos sobre El Sauco y el conocimiento de su historia y sus tradiciones, había experimentado cierta satisfacción, sobre todo, la de convertirse en una mujer cuyos horizontes no se circunscribían a los del hogar, pero nada parecido a lo que sentía ahora ante la carta de esa mujer desconocida, y repetía su nombre, Olga Francines, como si fuera mágico. Y luego al final de la carta, había aquella otra frase: "Una vez leídos sus magníficos poemas", que de nuevo la estremecía de emoción, no sólo por el elogio en sí, que recibía con agradecimiento, sino por el tono, la forma en que se dejaba caer, como si la calidad de los poemas fuera algo indiscutiblr sobre lo que no hubiera ninguna necesidad de insistir [...] Contestó a la carta, aceptando las condiciones; esperaría. Había esperado toda la vida, podía esperar un poco más [...] La carta no tenía más de diez líneas y fueron las más torpes y difíciles que había escrito nunca. No obstante , cuando vio desaparecer el sobre en la hendidura del buzón de correos, se sintió desprendida de un mensaje importante, de una nueva llamada de socorro. Aquel puente que acababa de tenderse entre la mujer de la editorial y ella era lo más precioso que tenía, lo único que podía salvarla, alejarla de allí, como si puediera emprender el camino de la carta, como si, al menos, pudiera distanciarse del extraño dolor que llevaba dentro." (fragment pàg. 106-108)