dilluns, 28 d’octubre de 2013

23 CONTES...


"Cuando se conocieron, ella pintaba y él escribía; los dos eran artistas, pues. Ocuparon una casa antigua, nucleada en torno a un pasillo en cuyos extremos había dos espacios más amplios que constituyeron los polos de la vida de ambos. Él puso su escritorio en el extremo norte y ella instaló su taller en el contrario. El gato deambulaba entre ambas zonas dando a la atmósfera un aire sobrenatural, pues la pareja de artistas atribuía al animal la capacidad estética de elegir entre la pintura de ella o la literatura de él en función de que decidiera pasar el día en el taller o junto al escritorio.
En cualquier caso, esta primera época fue muy feliz porque estaban aún en esa edad en la que el triunfo sólo era una cuestión de tiempo y el amor un intercambio de imágenes gloriosas [...] Sólo un punto de desacuerdo existía entre ambos, pero era un desacuerdo feliz porque estaba hecho de palabras.
-Qué suerte tenéis los escritores -decía ella-; os divertís mucho más que los pintores.
-No estoy de acuerdo -decía él-; es más divertido pintar, porque se trata de una actividad en la que implicas a todo el cuerpo [...] Al día siguiente, mientras ella pintaba, él abandonó su escritorio, recorrió lentamente el pasillo y entró en el taller. Entonces cogió un lienzo en blanco, lo colgó de una escarpia y comenzó a pintar [...] Por la tarde ella abandonó el caballete, atravesó el pasillo y se sentó en el escritorio de él. Escribió hasta que se hizo de noche. Luego bajaron a cenar. Estaban contentos y la conversación fue estimulante. No aludieron al raro intercambio de actividades artísticas que se había producido esa jornada, pero a partir del día siguiente ella tomó posesión del escritorio y él del taller.
Al cabo de un año..." (fragment del conte Ella le había robado las palabras, pàg. 159-163)