diumenge, 4 de desembre de 2011


"En mi papel de crítico veterano sigo leyendo y dando clases porque no es un pecado que un hombre trabaje en su vocación. Mi héroe de la crítica, Samuel Johnson, afirmó que solo un asno escribiría por cualquier cosa que no fuera el dinero, pero esa es solo una motivación secundaria. Yo sigo escribiendo con la esperanza stevensiana de que la voz que es grande dentro de nosostros se levante para responder a la voz de Walt Whitman o a los cientos de voces que inventó Shakespeare. A mis alumnos y a los lectores que nunca conoceré sigo insistiéndoles en que cultiven la sublimidad: que se enfrenten solo a los escritores que son capaces de darte la sensación de que siempre hay algo más a punto de aparecer.
El tratado de Longino nos dice
que la literatura sublime transporta y engrandece a sus lectores. Al leer a un poeta sublime, como por ejemplo Píndaro o Safo, experimentamos algo parecido a la autoría: "Llegamos a creer que hemos creado aquello que solo hemos oído". Freud identificaba este aspecto de lo sublime en lo misterioso, que regresa de la huida de la represión como "algo familiar y arraigado desde mucho tiempo atrás en la mente" [...] Burke explica que la grandeza del objeto sublime provoca placer y terror: "El infinito tiene tendencia a llenar la mente con esa especie de delicioso horror, que es el efecto más genuino y la prueba más fidedigna de lo sublime." (fragment pàg. 35-36)