dijous, 5 d’abril de 2012

TOTA UNA VIDA...


396 - Después de que las últimas lluvias abandobaran el cielo y se quedaran en la tierra -cielo limpio, tierra húmeda y espejada-, la mayor claridad de la vida que con el azul volvió a lo alto y con la frescura de haber habido agua se alegró aquí abajo, dejó un cielo propio en las almas, una frescura suya en los corazones.
Somos, por más que no queramos serlos. siervos del momento y de sus olores y formas, súbditos del cielo y de la tierra. Aquel de entre nosotros que más se embreña dentro de sí mismo, despreciando
lo que le rodea, incluso ese, no se embreña por los mismos caminos cuando llueve que cuando el cielo está sereno. Oscuras transmutaciones, sentidas tal vez sólo en el interior de los sentimientos abstractos, se producen porque llueve o porque deja de llover, se sienten sin sentirlas porque sin sentirlo el tiempo se sintió.
Cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una multiplicidad de sí mismos. Por eso quien desprecia el ambiente no es el mismo que el que de él se alegra o lo padece. En la inmensa colonia de nuestro ser hay gente de especies muy diversas, pensando y sintiendo de forma diferente. En este momento en que escribo, en una pausa reglamentaria del trabajo hoy escaso, estas pocas palabras sobre mis impresiones, soy el que las escribe atentamente, soy el que está contento por no tener en este momento que trabajar, soy el que está mirando el cielo allá fuera, invisible desde aquí, soy el que está pensando todo esto, soy el que siente su cuerpo contento y las manos todavía ligeramente frías. Y todo este mundo mío de gentes desconocidas entre sí, proyecta, como un
a multitud diversa mas compacta, una sombra única -este cuerpo quieto y escribiente con el que me reclino de pie, sobre la mesa alta de Borges adonde vine a buscar el secante que le había prestado. (pàg. 404-405)