dimarts, 24 de juliol de 2012

RECORDS...


"Más tarde me dediqué a coleccionar palabras y a iniciarme en los mundos cristalinos de la poesía hermética. Detrás de toda colección se esconde la misma irreprimible codicia de los melodiosos mundos mágicos ocultos entre objetos aparentemente dormidos. De niña tenía un cuaderno de vocabulario donde anotaba palabras especiales, igual que antes había recogido conchas y piedras especiales. Las palabras estaban clasificadas por categorías. Había "palabras bonitas", "palabras feas", "palabras engañosas", "palabras invertidas" y "palabras secretas". Entre las palabras bonitas" había incluido: cardamina, violeta, alegoría, guinda, libélula, susurro, dingolondango y jitanjáfora. Entre las "palabras feas" se encontraban escorzo, zuzón, muñón y jején. Las "palabras engañosas" me indignaban porque se hacían pasar por anodinas para luego revelarse infames o peligrosas, como "efectos secundarios" o "picante". También sugerían un significado mágico, camo "catavientos" o "cigüeñal", pero en realidad eran de una frustrante normalidad. Por no mencionar aquellas que designaban algo que no estaba claro para nadie: ¡no existían dos personas en el mundo que se imaginaran el mismo color al oír la palabra "índigo"!
Las palabras "invertidas" eran una especie de afición. ¿O tal vez una enfermedad? Quizá fueran lo mismo. El "homatopipo" era uno de mis animales favoritos, igual que el "carungo" o el "alefente". Mer parecía la mar de divertido soñar con dar la vuelta al día en ochenta mundos y adoraba aquel poema que decía aquello de "Con diez coñanes por venda, ciento en pipa a toda bala".
Las "palabras secretas" eran, por su naturaleza, las más difíciles de encontrar. Se comportaban como si fueran absolutamente normales pero acababan revelando un contenido totalmente distinto y excepcional. En suma, lo contrario de las "palabras engañosas". Me reconfortaba el hecho de que en el aula de la escuela pudiera encontrarse una de las islas encantadas del Sur. La isla se llamaba Ala-ula y escondía un tesoro enterrado [...] La evocación del pasado me había hecho sentir apetito, de modo que volvía a casa. Por desgracia, en la cocina apenas quedaban provisiones. Comí pan negro y chocolate con nueces y decidí que más tarde iría a comprar." (fragment pàg. 150-152)