dimarts, 8 de febrer de 2011



"Yo tenía tan sólo veinte años [...] Señor, no sé cómo, pero había nacido en mí el poeta y el asesino, lejos quedaba ya el chicuelo amable y vividor [...] Me corté el pelo como un cura y empecé a cuidar mi indumentaria. Me volví atildado, adelgacé, me corroían extrañas preocupaciones, me atormentaban los significados de las palabras. Quería escribir como si escribir sirviese para algo. Empecé a concebir la vida como una partida de ajedrez en la que las piezas avanzasen irremediablemente hacia la nada. De niño me había gustado jugar al ajedrez en la sala multiusos del municipio. pero la concepción espacial... Imaginaba que escribir era levantar un cerco en la página en blanco y hacer avanzar las columnas de soldados negros. Siempre tuve claro que la intención última tendría que quedar eternamente oculta. El escritor es eso, alguien que recibe órdenes de un superior, su fidelidad está perpetuamente a prueba. A veces, malinterpretamos las directivas que se nos musitan y caemos directamente en pozos de negrura tales que nuestra vida queda para siempre lacerada.
Señor juez, el mundo es un cerro pelado, un camposanto donde las ánimas juegan a los bolos. Quizás si me escucha, entienda mejor por qué se nos llama hombres a las bestias, por qué hasta los lobos necesitan amar y tienden el hocico ávido a la mano que se ofrece.
Trabajaba y escribía y la escritura deformó mi rostro, lo alargó. Mi manera de hablar se convirtió en una vana humareda alambicada. Cuando murió mi padre, volví al pueblo para asistir a sus exequias y apenas acerté a comunicarme con mi madre, nuestros lenguajes eran ahora compartimentos estancos, lenguas muertas."
(fragment p. 50-52)