dissabte, 5 de febrer de 2011

MEDITERRANI...



"Como corresponde a un solitario forastero que llega a un lugar desconocido Ulises Adsuara desarrolló muy pronto una querencia por determinados puntos en esta pequeña ciudad de la costa y a ellos había acomodado una rutina diaria. Vivía en un estudio alquilado del barrio de pescadores que usaba sólo para estudiar y dormir. Después de las clases en el Instituto le gustaba sentarse frente al puerto a leer, a mirar simplemente el trajín de los transbordadores. También solía caminar a la deriva por los muelles contemplando popas de distintas embarcaciones atracadas y cada una de ellas le hacía soñar de forma distinta, pero a la hora de comer raro era el día en que no llegara con un libro en la mano, normalmente uno de aquellos textos clásicos, hasta el patio trasero de El Tiburón y, sentado bajo la parra de moscatel, con el libro abierto sobre el marmol de la mesa, no siguiera leyendo mientras esperaba a que le sirvieran un plato casero, porque él comía lo mismo que los dueños de la cantina, un sustento siempre natural, muy propio de una cocinera a la antigua, la señora Roseta [...] Al cabo de pocos meses, pese a su timidez todavía muy arraigada, Ulises tuvo ya suficiente confianza con aquella familia como para entrar en la cocina y levantar la tapa de la cacerola donde se estaba cociendo cualquier guiso [...] Un día en que a Ulises, junto al fuego del puchero de la cocina, también le ardía en el pecho un extraño fuego, después de tragar saliva le dijo unas palabras a Martina que, si bien parecían anodinas, para el joven catedrático suponían toda un declaración de amor. Los latidos de su corazón todavía hecho a la antigua usanza le llegaban hasta las costillas." (pág. 41-42)


Manuel Vicent

i Bigas Luna va fer-ne
Son de mar