dilluns, 3 de desembre de 2012

EDNA


"Cuando sabía que Clarence iba a estar fuera de casa durante mucho rato, me gustaba poner discos mientras le daba a la tecla, y mi favorito era entonces el Concierto para orquesta de Bartók [...] Aullidos, rechinamientos y una rara modalidad de rozaduras vulcanizadas, sobre todo el tráfico de ahí fuera, combinado con el golpeteo de los compresores, es lo que acabo de oír ahora, cuando he intentado oír algo de Bartók, además de los latidos de mi propio corazón. En aquel entonces, cuando aún me gustaba el Concierto para orquesta, nada más salir Clarence cerraba todas las puertas y ventanas, subía el volumen y entraba en trance. Empezaba del modo habitual, suave y a ritmo normal, pero según iba acelerándose el tempo, con la entrada del metal y la cuerda alta, me ponía a teclear más deprisa, y cerraba los ojos y no oía la máquina de escribir, pero la sentía estremecerse bajo mis dedos, y me ponía a balancearme en la silla. Pasados un par de minutos, a veces, una cinta de palabras empezaba a fluir de la música al papel, gota a gota al principio, luego en chorro, y ya no me dejaba ir, me dejaba caer en la música, y era como caer desde muy alto sin miedo a llegar al fondo, abandonándome a ello, dando lentas volteretas mientras caía, con la sensación de que mis dedos eran instrumentos que la música empelaba para escribir lo que quería -la música o la máquina, no sé cuál de las dos-, que la máquina se había transformado en el lenguaje de mis manos, no de mi cabeza, sin el peso de la reflexión [...] Con el clamor bestial de la música, con la máquina tronando bajo mis dedos, permanecía de espaldas a la puerta, sin el manor barrunto de que Clarence estuviera allí hasta que apagaba el tocadisco. Clarence y yo no teníamos  el mismo gusto musical. No era lo suyo , reaccionar con alguna comprensión cuando le decía: "Mira, es Bartók, es puro Bartók", y le tendía diez o doce folios. Se limitaba a echarles un vistazo y luego recorría la casa entera abriendo ventanas." (fragment pàg. 98-100)