dimecres, 26 de desembre de 2012

VEUS...


"Un cuadro es el corazón del pintor hecho trazos rotos de color. Un cuadro es silencio: el silencio ensimismado del pintor mientras pinta, dando desgarrada voz a su grito interior. Por eso las pinturas expuestas en todos los museos del mundo son falsas sin excepción. Los visitantes creen estar contemplando Los fusilamientos del tres de mayo de Goya, Las Meninas de Velázquez o el Gernika de Picasso, pero en realidad se hallan ante copias adulteradas de la obra que concibieron los artistas. No es que ominosas manos negras hayan ido falsificando cuadros a lo largo de los siglos para colgarlos luego en el Prado, el Louvre o el Guggenheim. Todos esos cuadros son originales, los mismos que pintaron sus respectivos autores. Pero esto no contradice mi anterior afirmación. Porque ¿qué vemos en realidad en los museos? Espacios amplios e inmaculados en los que cuadros geniales ceñidos por marcos carísimos que nunca eligió su autor, permanecen alineados en fila como presos durante el recuento carcelario. Mi padre decía, tal vez bromeando, tal vez muy en serio, que los celadores no están para impedir que los visitantes dañen las obras de arte, sino para evitar que los cuadros intenten fugarse. De niño me contó la aventura de un cuadro de Van Gogh que un día se escapó de un museo [...] Cada día, los cuadros de los museos soportan que los miren oleadas de admiradores boquiabiertos. Sus murmullos, aunque respetuosos y fascinados, van generando una nube de parloteo que acaba por concretarse en las galerías como una bruma de noviembre sobre el mar. Ese ruidillo suave y bienintencionado destruye el silencio que requiere la contemplación de la obra, y además resulta imposible reproducir la soledad en que el autor la pintó. ¿Qué ocurre cuando hablamos en el cine o en un recital de piano? ¿Acaso no nos mandan callar? ¿Qué ocurriría si alguien hablase en voz alta durante una representación de ópera? Los espectadores exigen silencio porque no oyen bien, pero en los museos hablan como si no fueran conscientes de que un cuadro, a la vez que visto, debe ser escuchado. Solo quien oye su silencio puede aproximarse a los sentimientos que impulsaron la mano del pintor." (fragment pàg. 65-67)