dissabte, 2 de febrer de 2013

DESCOBERTES...


"¡No , querido amigo, no tema nada, me callo! Además voy a dejarle, ésta es mi puerta. Qué quiere usted, en la soledad y con ayuda de la fatiga, uno se convierte fácilmente en un profeta. Después de todo ahí es donde estoy, refugiado en un desierto de piedras, de brumas y de aguas pútridas, Elías sin Mesías, atiborrado de fiebre y de alcohol, con la espalda pegada a esta puerta enmohecida, levantando un dedo hacia ese cielo encapotado, cubriendo de imprecaciones a los hombres sin ley que no pueden soportar ningún juicio. Porque no pueden soportarlo, querido amigo, y ésa es toda la cuestión. Quien se adhiere a una ley no teme el juicio que le sitúa en un orden en el que cree. Pero el más alto tormento humano es ser juzgado sin ley. Y sin embargo estamos en ese tormento. Privados de su freno natural los jueces castigan al azar, golpean por partida doble. Entonces hay que intentar ir más deprisa que ellos ¿no es cierto? Y ésa es la gran pelea. Los profetas y los curanderos se multiplican, se apresuran para llegar con una buena ley o con una organización impecable antes de que la tierra se quede desierta. ¡Afortunadamente, yo he llegado! Yo soy el principio y el fin, yo anuncio la ley. En resumen, yo soy juez-penitente.
De acuerdo, de acuerdo, mañana le diré en qué consiste esa hermosa profesión. Usted se va pasado mañana, por lo tanto corre algo de prisa. Si lo desea puede venir a mi casa, llame tres veces. ¿Regresa a París? París está lejos, París es bello, no lo he olvidado. Recuerdo sus crepúsculos por esta misma época... Cae el anochecer, seco y sonoro, sobre los tejados azulados por el humo, la ciudad gruñe sordamente, el río parece remontar su propia corriente. Entonces yo deambulaba por las calles." (fragment pàg. 98-99)