
Otra vez en la cocina, le hablo a Lucía del abrigo, ¿no lo recuerda? Me mira con una expresión de extrañeza, como si no supiera de qué le estoy hablando, como si ni siquiera supiera qué es un abrigo de astracán. No dice nada. Muda. Llega la comida para mi padre y me despido.
Tengo que aceptarlo. El abrigo de mi madre se ha esfumado.
Me dirijo, cabizbaja hacia la parada de los taxis [...] Entonces lo veo. Viene hacia mí. Lo lleva la mujer del portero. Éste es el abrigo de mi madre, el astracán negro. La mujer me sonríe desde la distancia, se detiene junto a mí. Nos saludamos. Es una mujer joven, no me acuerdo de cómo se llama. Tiene una expresión muy dulce, algo soñadora. Así que fue ella quien se quedó con el abrigo. Mi mano está ahí, sobre su hombro, sobre los rizos negros del abrigo. Un instante fugaz [...] ¿Quién le daría el abrigo a la mujer del portero? Nadie lo recuerda, nadie lo dice. Como tantas cosas que se ignoran, como tantas cosas que nos despiertan en la mitad de la noche o nos asaltan en medio de la calle, pensamientos que nos empujan a movernos de aquí para allá y que se te deshacen dentro, como las flores que, pasados los días, se deshacen en el florero." (fragment pàg. 19-20)
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