dijous, 28 de juliol de 2011


"Mi nombre es Ludwig Schmitt von Carlsburg, tenor de profesión. Si es amante de la ópera sin duda habrá oído mi nombre [...] Yo no puedo abarcar la vida ni concebir el mundo en su justa medida si no es a través de los sonidos: ellos me traen la verdad, son un lenguaje único, universal, aún más: ¡un lenguaje absoluto! Poco importa la vista, el tacto, el olfato o el gusto. Podría ser ciego y mis oídos verían más que cualquier vidente; podría ser inmune al tacto y reconocer por el sonido de su roce todos los tejidos del mundo... Mi niñez no fue un despertar a la luz y las cosas a través de los ojos, sino a través de mis oídos: lo absorbían todo con la misma voracidad que el océano engulle los barcos sorprendidos por un tornado. Me explicó la que fue mi nodriza que ya desde mis primeros meses mantuve los ojos cerrados durante horas y horas. Sólo reaccionaba a los ruidos, a los golpeteos, a las voces, a los gemidos... Mis llantos eran tenues como la luz del atardecer, más apagados que los de otros niños. Desde tan corta edad ya luchaba para que mi propia voz no enturbiase las frecuencias sonoras que penetraban en mí [...] Llegaron hasta mis oídos los sonidos de mis primeros meses de vida: el ladrido de los perros, el choque de las ruedas de los carruajes contra las piedras incrustadas en la calle, los asustadizos relinchos de los caballos, el graznar de los cuervos, el sordo zumbido del viento, el eco de las apagadas voces de los vecinos, el taconeo de los zapatos al pisar la madera... Yo diseccionaba todos esos sonidos en mi interior hasta identificar cada uno de sus componentes: la piedra, el aire, el metal, las voces. Los memorizaba hasta hacerlos míos, hasta reconocer el último rincón de cada frecuencia sonora." (fragment pàg. 45-47)