dilluns, 11 de juliol de 2011

TRENCACLOSQUES...


En el
principio era el verbo: Y el verbo se hizo cuaderno. Y habitó entre nosotros. Antes de un libro siempre hay una taza de té. Abrí el cuaderno y escribí: 'Aunque seamos malditas' [...] Podéis llamarme Ainur. Es un nombre como otro cualquiera. Y también yo soy de cualquier parte, aunque antes creía que era de aquí mismo. He vivido en muchos lugares, demasiados. Hace treinta y cuatro días dejé Barcelona para siempre -o para un espacio tan largo de tiempo que los humanos lo llaman 'siempre'- y volví a este pueblo de la costa. Lo recordaba como el Paraíso. Uno no puede fiarse nunca de la memoria de su infancia. Los acantilados son oscuros, pero más oscuras son las playas de arena negra. Las rocas son blancas, relumbran en una tierra blanda donde la hierba parece musgo. El viento sopla y las casas parecen inclinarse para dejarlo pasar. O al menos eso piensa una la primera vez. Luego se da cuenta de que ya estaban inclinadas por los siglos, por la humedad, por el aburrimiento espeso. Todo es hernosos con una belleza que hace daño. Mientras camino se forman nubes delante de mi boca. A veces puedo ver imágenes del Apocalipsis en los vahos que forma mi aliento. Y, de repente, cuando estoy a punto de llegar al faro, los veo. Son agujeros en la tierra que arrojan trozos de mar blanco. Aúlla la espuma. El mar hierve [...] En la tierra de mi abuela los llaman bufones. Porque bufan. Porque braman. A mí me parece que gritan... se aleja el viento y el mar se vuelve suave. Y hay algo que echo de menos. Con los bufones, el paisaje me da miedo pero sin ellos me da tristeza. La niebla sube en ese momento y el faro se ilumina. Corro hacia él. Hacia el faro.
Y el hombre con los guantes rojos corre a mi encuentro." (fragment pàg. 31-32)